Ya COVID 19 nos ha robado e inmovilizado bastante, pero también nos ha dado grandes lecciones de vida, de resiliencia, de perspectiva, autoanalice y de priorización.
Hace apenas unos días tuve que tomar un pasillo de hospital que me lo encontré frío, solitario, impersonal y largo. Fui recibida por un termostato y un guardia de seguridad. Al bajarme de mi vehículo, procuré no despedirme, ni mirar hacia atrás, para que así no vieran en mis ojos la triste realidad de mi incertidumbre de saber si volvería a salir y ver a los míos una vez más.
Mientras me registraban para ser operada, y me pedían a quién debemos llamar para comunicarle de tu estado; solo me venía a la mente, así es como los sobrevivientes de violencia sexual y violación, se sienten. Pensé: ¡Qué difícil es esto! ¿Y si hay complicaciones, quién va a abogar por mis derechos y mi bienestar?; ¿Quién veré cuando despierte de la anestesia? ¡¡Y la respuesta era NADIE!!- Respire, me cambie, entre y me encomendé. No me quedaba de otra, y no por miedo, sino por todas las realidades a mi alrededor.
Esto era parte de lo que COVID nos robó. El derecho a tener compañía y contacto humano con aquellos que amamos, con aquellos que pueden abogar por nuestros derechos y que pueden cuidar de nosotros. Nos robó la autonomía y control que tanto nos gusta. Robó nuestras voces, logró aislarnos aún un poco más. Pero en medio de todo esto decidí que aunque llevamos ya más de 40 días con la sombra de la muerte sobre nosotros, una pandemia que no se le ve fin, con el sentido de aislamiento en mil, me dije, no puedo permitir que cuando entremos en las fases de reintegración a un vida “disque normal” seguir dejando que este duele de los días que he perdido cerca a los míos me nublen la visión y el deseo de seguir, de vivir, de no salir igual.
Cada uno de nosotros llegamos a este mundo con privilegios, queramos aceptarlos o no. Cada uno de nosotros luchamos en múltiples batallas internas, externas, mentales, emocionales, físicas y espirituales que estamos dispuestos a compartir o no. Cada uno de nosotros tenemos nuestros temores, desencantos o sentido de inaptitud en algún momento; unos lo ocultan mejor que otros, y otros optan minimizar a otros para opacar sus heridas y sentirse superior.
Cuando entramos en este proceso estábamos más enfocados en el “yo” y nuestros planes personales- estábamos más enfocados en hacer que el sol solo girara alrededor de nosotros; nos deshumanizamos, solo abogábamos por lo que significaba algo para mí, sin tomar en consideración que todo está entrelazado, se nos olvidó amar, perdonar a nuestro modo, disfrutar, descansar, pensar, valorar y elevar a los demás y a nosotros mismos.
Al salir de esta y si salimos con vida y con salud, sin el peligro de quedarnos en el piso luego de las caídas, espero que podamos ser más empáticos, más humanos, que dejemos de medir a los demás por sus títulos, su dinero, o estatus, o quizás por su apellido. Espero que después de esto podamos abogar por servicios médicos universales para todos, que los empleados esenciales puedan vivir dignamente con el salario que llevan a sus casas. Espero que no nos juzguemos, ni estemos prejuiciados unos con otros por nuestras afiliaciones políticas, por nuestra forma de pensar, por nuestras experiencias, por nuestros apellidos o por los errores que cometieron nuestros ancestros. Anhelo que cuando volvamos a vernos no estemos compitiendo y con aires de superioridad. Mi deseo es poderte abrazar sin pensar que me vas apuñalar o que una vez más te aprovecharas de mí nobleza. Quiero sentarme en una reunión sin pensar que saldrás de ahí hablando tras mis espaldas o haciendo conjeturas sin saber la verdad, mi verdad, o quien realmente soy. Deseo siempre ayudarte con la mejor intención de que crezcas, tu brillo no me intimida, no deseo meterte el pie para que fracases. Te quiero ver alcanzar todo lo que te haga feliz. Solo deseo verte y tratarte como humano, como hermano, como colega, sin aires de superioridad.
La vida es muy efímera, pasamos demasiado tiempo guardando rencores, desperdiciando el tiempo, arrastrando maletas pesadas del pasado, culpándonos, señalandonos, humillándonos, y guardando secretos. No nos damos cuenta que podemos coexistir diciéndonos la verdad sin odiarnos, ni desearnos el mal. No debemos ser tan impersonales, tan “yoistas”, que no desee cuidar a los demás, porque la máscara me empaña los lentes, o me molesta. ¡Esto ya no se trata de mi! Podemos colaborar aun teniendo y respetando nuestras propias perspectivas y autonomía. ¡¡Siempre podemos estar en desacuerdo y vociferar como nos sentimos sin resentimientos, pues cuando salga de aquí no puedo salir igual!!
